Los muertos tan vivos

Noviembre 05, 2022
Origen: fsspx.news
Las Almas del Purgatorio, Alonso Cano (1636)

"Creo que el momento en que, liberada de toda unión con la materia, el alma se vuelve finalmente ella misma en la pureza de su esencia, solo entonces 'piensa', en el sentido estricto que esta palabra tiene para los sabios".

Estas consoladoras palabras puestas en labios de Catón, cuando son meditadas con una mirada cristiana, arrojan una singular luz sobre lo que viven en este momento las almas de los fieles que han dejado este mundo, estos seres queridos para quienes el mes de noviembre es propicio para reavivar un recuerdo que el despiadado embate de los años intenta sofocar poco a poco.

En efecto, nuestro higienizado siglo se esfuerza por rechazar, con un temor apenas disimulado, la idea misma de la muerte, cavando así tal abismo entre el mundo de los vivos y el de los muertos, que estos últimos parecen constituir un universo desconocido, inquietante y oscuro.

Sin embargo, nada podría estar más lejos de la verdad si nos tomamos el tiempo para considerar los esclarecedores y consoladores argumentos de la teología católica sobre este asunto.

Almas en la Verdad

Estén en el Cielo o en el Purgatorio -no hablaremos aquí de las almas condenadas por su propia culpa y que lo único que comparten es la desgracia eterna-, las almas de los difuntos gozan, aunque de formas diferentes, de un conocimiento de Dios mucho más luminoso que el nuestro.

Para explicar esta tesis, Santo Tomás recurre al principio según el cual el modo de conocimiento intelectual del alma separada –es decir, del difunto cuya alma ha abandonado el cuerpo– es similar al del ángel. Ahora bien, es propio del ángel estar desprovisto de materia corporal y, por tanto, de los órganos sensoriales que dependen de ella.

El ángel no aprehende las realidades externas como nosotros: mientras el ser humano razona y se mueve sucesivamente de una conclusión a otra, muchas veces, por desgracia, con la posibilidad de caer en el error y ser guiado por pasiones mal domadas, el ángel ve inmediatamente la conclusión de manera instantánea, estable, intuitiva, es decir, sin ninguna forma de razonamiento.

En otras palabras, mientras tan pocos hombres logran darse cuenta -y cuando lo hacen es a costa de tantas vacilaciones- qué lugar debe ocupar Dios, este Dios que todo lo contiene en su mano, en la conducta de la vida, el ángel percibe esta altísima verdad en un solo acto de inteligencia.

Consciente, en un abrir y cerrar de ojos, tanto de su finitud como de su absoluta dependencia de su Creador que gobierna todo el universo, la criatura angélica se desborda sin espera, en sentimientos de temor filial, acción de gracias y adoración silenciosa.

Nuestros difuntos que, conviene repetirlo, tienen un modo de conocimiento semejante al del ángel, aunque en menor grado, nuestros difuntos tienen pues una percepción, un sentimiento, en una palabra, una intuición de Dios mucho más aguda y más penetrante que la que nosotros podremos tener mientras vivamos en este mundo vacilante.

Las almas de los fieles que nos han dejado son, por tanto, almas en la Verdad, almas que se enfrentan a la Verdad, que están fijadas en la Verdad de manera consoladora e indefectible. ¡Qué lejos de nuestros difuntos los sueños de independencia, las desastrosas ilusiones de una falsa libertad, la pretensión de una existencia fuera del tiempo que cree, irónicamente, poder prescindir de Dios, o peor aún, darle el miserable papel de extra!

Ciertamente, hay una lección que aprender aquí. Si tan solo, como las almas de los fieles difuntos, practicáramos la meditación a través de los acontecimientos de la vida – alegrías, tristezas, éxitos y fracasos – de los reflejos de nuestra propia finitud, de nuestra radical impotencia y de nuestra absoluta dependencia de Dios, cómo se transformaría el curso de nuestras vidas.

Almas fuera del tiempo

El tiempo aquí abajo ya no tiene dominio sobre las almas de los fieles difuntos, este tiempo humano, mundano, que ve desplegarse, como en un escenario de teatro, el implacable drama de las pasiones, de las vacilaciones y de todos los cambios de rumbo hacia los que nuestra frágil naturaleza parece inexorablemente inclinada.

En efecto, las almas que sufren en el Purgatorio están marcadas por una duración muy particular que los escolásticos llaman aevum. Es tiempo constituido, medido por la sucesión de pensamientos: tantos pensamientos, tantos instantes en este aevum.

Pongamos nuestra mirada en esta alma del Purgatorio que desea fuertemente a Dios y que sufre por no ser aún digna de Él, a causa de tantas imperfecciones y actos fallidos; pues bien, es el mero pensamiento de este deseo lo que constituirá todo el tiempo de esta alma. Tanto es así que la liturgia le aplica estas palabras: "A ti suspiran los muertos, ardiendo en el deseo de ser liberados de sus cadenas para aparecer por fin en tu santa presencia".

Las almas de los bienaventurados están, por su parte, en otro tiempo, el de la eternidad participada que consiste en un solo instante inmóvil, como un punto fijo: el de una mirada llena de amor puesta en la Trinidad definitivamente poseída.

¡Qué contraste con nosotros, criaturas temperamentales, que desperdiciamos cada momento que Dios, en Su misericordia, nos otorga, revoloteando de actividad en actividad a nuestro antojo!

Sin embargo, aún fuera del tiempo, las almas del Purgatorio no han olvidado a aquellos que les fueron queridos aquí abajo; y, además, las almas que llegan a la eternidad no pierden interés en la Historia de los hombres: están tan unidas a la justicia de Dios, explica Santo Tomás, que no dudan en involucrarse en nuestros asuntos terrenales, en la medida en que esta justicia divina, que va más allá de nuestras estrechas concepciones, lo permite o lo exige.

Finalmente, ¿no es el tiempo de nuestros queridos difuntos el que los convirtió en amantes de Dios?

Almas que conocen el precio del último momento

Cada alma es capaz de experimentar, en el momento de la separación definitiva, el dogma de fe definido del Juicio particular: el magisterio infalible de la Iglesia, a través del Segundo Concilio de Lyon y en los términos retomados más tarde por el Papa Benedicto XII, enseña en efecto que inmediatamente después de la muerte, el alma es recompensada según sus méritos.

En otras palabras, el último momento terrenal es, para el alma que se prepara para dejar su cuerpo, el momento de una elección definitiva. Algunas inteligencias privilegiadas se han preguntado si, inmediatamente después de la separación, el alma podría todavía producir un acto de conversión hacia Dios in extremis. Esta opinión fue sostenida por el Cardenal Cayetano, un comentarista autorizado de Santo Tomás, y seguida más recientemente por Sor Benedicta de la Cruz, mejor conocida como Edith Stein.

Esta hipótesis, aunque destaca la infinita misericordia de Dios, no es seguida por la mayoría de los teólogos que consideran el último instante pasado en la Tierra como el momento decisivo en que el alma se determina libre y definitivamente hacia cuál será su eternidad: con o sin Dios.

Cuán precioso es este último momento, y cuántas almas sufren en el Purgatorio tormentos inefables por haber descuidado tal vez demasiado su importancia...

Pero nos corresponde a nosotros, que todavía estamos en el tiempo humano, que somos en cierta medida dueños de nuestro tiempo, remediar esta ligereza: trabajando primero en nuestra propia perfección espiritual, sean cuales sean nuestras caídas, sin rendirnos jamás, esto a fin de preparar el terreno para este momento final cuando estemos cara a cara con lo divino; pero también tomando sobre nosotros una parte de la negligencia que nuestros queridos difuntos tuvieron en esta vida, mediante el ofrecimiento del Santo Sacrificio de la Misa por su intención, y la aplicación de las oraciones con indulgencias dispuestas por la Iglesia a tal efecto.

Que este mes de noviembre nos encuentre fieles y generosos en el recuerdo de nuestros queridos difuntos, así como en el pensamiento de la muerte que nos espera inexorablemente. En esto nada es triste con respecto a nuestra fe, porque, como tan acertadamente escribió Gustave Thibon: "Si la muerte madurara en nuestras almas como madura en nuestros cuerpos, iríamos a ella como una flor se abre a la luz, y la vida aquí abajo, lejos de oscurecerse por su proximidad, estaría ya bañada en su resplandor transfigurador".